Uno de mis primeros recuerdos de infancia es el de la avenida donde vivía. No se le hubiese podido llamar calle a ese sendero pulverulento que compartían autobuses, camiones, ganado y caminantes ya que carecía de toda ornamentación a la que llaman urbana: sin asfaltado, ni veredas, ni ninguna clase de alumbrado público, sólo una vegetación desértica que dejaba adivinar a lo lejos el mar y una cantidad industrial de polvo el cual maldecía mi abuela casi todos los días al tener que limpiar las ventanas.
Cuando adquirí suficiente capacidad crítica –tendría unos seis años- para preguntarle a mi tío Antonio cuál era el subrepticio significado del nombre de aquella avenida –pues pensaba que era el cumpleaños de alguien famoso- su respuesta fue deslumbrante: “Es el día en que comenzó la conquista de América” –respondió él, y agregó: “En 1492, la misma fecha, un genovés extraviado llamado Cristóbal Colón se topó con un continente al que confundió con el paraíso”.
Mi tío, estudiante universitario, de ideales adversos al gobierno de turno, no quiso hablar más sobre el tema tal vez porque le molestó la idea de que casi después de 500 años las cosas no hayan cambiado mucho en esa región del mundo a la cual llamaron Nuevo Mundo, después Indias luego América y finalmente América Latina o Latinoamérica.
La respuesta a aquella pueril pregunta me sorprendió tanto aquel soleado día de mi niñez que la avenida 12 de Octubre dejó de ser para siempre el mismo lugar conventual que yo conocía, mientras en el horizonte contemplaba pasar los grandes barcos –que después supe eran buques petroleros- y en la arenosa calle veía circular redondos camiones repletos de Coca-Cola Company, cigarrillos locales con marcas en inglés y otros con infinitas cajas de cerveza importada. Fue la primera vez en que me pregunté:
-¿Por qué las cosas tienen nombre en inglés y uno en castellano?
La idea de la identidad llega así súbitamente, como un tropezón en la ducha, como cortarse el dedo con una hoja de papel o morderse la lengua: es una epifanía, una respuesta compleja a una pregunta tan simple: ¿Quiénes somos? o ¿Qué somos?.
Paralelamente a su historia, América Latina ha luchado desde siempre contra un monstruo invisible: la idea de su propia identidad. Siempre han habido cuestiones como ¿quiénes somos los latinoamericanos? ¿somos criollos o indios o mestizos? ¿somos todos juntos o algunos somos otros? ¿quiénes tienen el derecho de gobernar, la clase rica, el pueblo o los intelectuales? ¿debemos mirar hacia Estados Unidos o Europa para modelos de cultura y gobierno o debemos crear todo de nuevo para nosotros mismos? ¿Usamos los países desarrollados como un ejemplo para la liberación?
Estas preguntas empiezan normalmente con el tema político: el tipo de gobierno ideal y cubren cada faceta cultural y social de cada país latinoamericano. Podríamos apostar una lúcuma –deliciosa fruta, abundante en algunos países pero tan escasa en otros- que hay un escritor para cada respuesta posible a estas preguntas.
Pensadores y luchadores independistas desde Simón Bolívar hasta José Martí, y escritores intelectuales como Andrés Bello, Domingo Faustino Sarmiento, Eugenio María de Hostos han tocado el tema de la identidad latinoamericana y han tratado de contestarlo en la mejor manera posible desde sus propias perspectivas. La mayoría de estas posiciones ciñen la idea, de un modo u otro, de la utopía para crear el gobierno y la sociedad ideal. Pedro Henríquez Ureña es uno de estos escritores que definen la identidad de Latinoamérica, pero más que eso, propone una nueva forma de utopía dentro de su ensayo Utopía de América que contrasta mucho con la historia de la utopía en América. En esta nueva imagen utópica, Henríquez Ureña reconoce a la cultura indígena y su importancia, circunscribe a todo tipo de persona, reconsidera el criterio para crear una identidad propia, da el poder y la responsabilidad de la utopía a la gente y usa México como un modelo para el resto de Latinoamérica.
Para empezar, el aspecto más innovador de la idea utópica de Henríquez Ureña es su reconocimiento del valor y la importancia de la cultura indígena en México. Describe a México como “el único país del Nuevo Mundo donde hay tradición, larga, perdurable, nunca rota, para todas las cosas, para toda especie de actividades: para la industria. . . para el cultivo de la astronomía como para el cultivo de las letras clásicas, para la pintura como para la música”
Esta tradición larga de que tiene tanta admiración es la tradición indígena porque continúa citando la cerámica “de Puebla, donde toma carácter del Nuevo Mundo la loza de Talavera”,“figuras primitivas” de Teotihuacan dibujado “en blanco sobre negro” y una lista de otros
aspectos artísticos y culturales de lo indígena en México. Esta afirmación de lo indígena derrumba las ideologías de otros pensadores y escritores, como Simón Bolívar, quienes querían marginalizar a todo lo indígena en sus utopías porque pensaban que las diferencias entre las culturas crearían discordancia, división, y en fin, destrucción. En contraste, Pedro Henríquez Ureña reconoció que “la cultura latinoamericana debió ser necesariamente una síntesis” de cada grupo y cada cultura que existe allí. Cuando define su visión utópica, Henríquez Ureña postula que: “en el mundo de la utopía no deberán desaparecer las diferencias de carácter que nacen del clima, de la lengua, de las tradiciones; pero todas estas diferencias, en vez de significar división y discordancia, deberían combinarse como matices diversos de la unidad humana”. En vez de sufrir por las diferencias, Henríquez Ureña propone que México, y toda Latinoamérica, florecerá y será enriquecido por ellas.
Henríquez Ureña no solamente afirma a las culturas distintas de México y Latinoamérica, sino también rompe barreras entre las clases socio-económicas en la sociedad para establecer a su utopía. Desde su perspectiva utópica, prevé una sociedad en que: “demos al alfabeto a todos los hombres; demos a cada uno los instrumentos mejores para trabajar en bien de todos; esforcémonos por acercarnos a la justicia social y la libertad verdadera; avancemos, en fin, hacia nuestra utopía”. Henríquez Ureña cree que es necesario empatar la sociedad Latinoamericana en cuanto a la educación, el trabajo, y la cultura para establecer una sociedad justa, utópica, y beneficiosa para todos. Dice que los instrumentos claves para crear esta sociedad son la cultura y el arte, pero de un modo distinto. Expone:
“No se piensa en la cultura reinante en la era del capital disfrazado del liberalismo, cultura de diletantes exclusivistas, huerto cerrado donde se cultivaban flores artificiales. . . Se piensa en la cultura social, ofrecida y dada realmente a todos y fundada en el trabajo: aprender no es solo aprender a conocer sino igualmente aprender a hacer. No debe haber alta cultura, porque será falsa y efímera, donde no haya cultura popular. Y no se piensa en el nacionalismo político. . . se piensa en otro nacionalismo, el espiritual, el que nace de las cualidades de cada pueblo cuando se traducen en arte y pensamiento”.
La utopía es latinoamericana. El sueño de Moro de una sociedad ideal no era una ficción, era un proyecto. Frente a la inhumana sociedad creada por la pragmática y destructora política del poder imperial renacentista, el canciller inglés proyectaba un orden gobernado por la igualdad y la justicia. Mientras su coetáneo italiano Nicolás Maquiavelo pintaba el infierno de la razón del estado, Moro forjaba el paraíso del estado de razón. La utopía fue el manifiesto revolucionario del renacimiento, de tono no menos subversivo y ambicioso que el llamado a regresar a la “philosophia Christi” de Erasmo y que la Reforma, inmersa en la política del poder absolutista y en el individualismo adquisitivo de Lutero. Para otros fue la ocasión de ver una amarga crítica del mundo europeo. El ensayista francés Michel de Montaigne, uno de los fulcros del pensamiento occidental, lo advierte con perentorio comentario al hablar de los indígenas americanos:
Lo que por experiencia hemos visto en esas naciones –dice él- sobrepasa no solamente todas las descripciones con que la poesía ha embellecido la edad de oro y todas sus invenciones para fingir una feliz condición de los hombres, sino aun la concepción y el deseo mismo de la filosofía. Son aquellos salvajes los que han alcanzado aquella perfección de vida y los europeos, nosotros quienes los sobrepasamos en toda clase de barbarie.
Este retrato del “buen salvaje”, de ser igualitario, de la libertad y la prosperidad de los seres que viven cerca del estado de la naturaleza, es el criterio más importante que surge del “descubrimiento” del Nuevo Mundo. El pensamiento occidental debe agradecer, por antonomasia, al mito americano y al don de América, así como el capitalismo debe agradecer la papa, los plátanos, el tabaco, el maíz, el caucho y la coca por promover de forma tan próspera su economía, y el mundo de las artes y las ciencias a: Wilfredo Lam, Diego Rivera, Frida Kahlo, Víctor Humareda, Tina Moddotti, Fernando Botero, Rubén Darío, Jorge Luis Borges, Pablo Neruda, Gabriel García Márquez, etc.
Esta es la esencia de la inteligencia y humanismo de la América que Alfonso Reyes reclama el lugar que le corresponde en el mundo. Anticipo de la globalización puesta en marcha, que no es ya la impuesta por algunas “naciones democráticas” para mantener sus dominios, sino la que reclaman los pueblos marginados de la tierra y de la historia.
¿Pero es la globalización la alternativa ideal?
El deseo alienista de embarcarnos en el “mundo libre” —apelativo sumamente irónico, contradictorio y hasta circense -que se dan hoy a sí mismos los países capitalistas, y que de paso regalan a sus neocolonias; mejor dicho a sus aliados— es la versión posmoderna de la pretensión decimonónica de las clases ricas criollas negreras de someternos a la supuesta “civilización” y “libertad” –cisne apocalíptico-, esta última pretensión, a su vez, retomando los propósitos del discurso de los conquistadores europeos. En todos estos casos, con gráciles variantes, es claro que Latinoamérica, como otras partes del mundo no occidental, no existe sino, a lo más, como un caballo chúcaro que es necesario domar para implantar sobre él la silla de montar: “la verdadera cultura”, la de “los pueblos modernos que se gratifican a ellos mismos con el epíteto de civilizados”, en frase de Pareto que tanto recuerda la que en 1883 escribiera Martí sobre la “civilización, que es el nombre vulgar con que corre el estado actual del hombre europeo”.
Nuestra cultura, como toda cultura viva, y más en sus albores, está en marcha; nuestra cultura tiene desde luego rasgos propios, el de sus padres: Túpac Amaru, Bolívar, San Martín, Sucre, Martí, etc, y al del soldado anónimo que murió peleando por ver a sus hijos libres. Al igual que toda civilización, y esta vez de modo especialmente universal, América Latina es una síntesis, y no se limita de ninguna manera a mimetizar los rasgos de los ingredientes que la compusieron. Esta idea la supo rotular, pese a que su corazón estuviera alguna vez en Europa más de lo que hubiéramos querido, el humanista mexicano Alfonso Reyes al referirse de nuestra cultura en una correspondencia con un amigo suyo en Europa como una cultura de síntesis:
“Ni él ni yo -dice- fuimos interpretados por los colegas de Europa, quienes creyeron que nos referíamos al resumen o compendio elemental de las conquistas europeas”. Según esta interpretación ligera, la síntesis sería un nuevo punto terminal. Y no: la síntesis es aquí un nuevo punto de partida, una estructura entre los elementos anteriores y dispersos, que, como toda estructura, es trascendente y contiene en sí novedades. H2O no es sólo una junta de hidrógeno y oxígeno, sino que —además— es agua.
Caso necesariamente cierto si se toma en cuenta que esa agua partió no sólo de componentes europeos -acentuados por Reyes- sino de elementos también indígenas, africanos y asiáticos. Aun con sus limitaciones, Reyes es capaz de expresar, al concluir su trabajo: “...y ahora yo digo ante el tribunal de pensadores internacionales que me escucha: reconocemos el derecho a la ciudadanía universal que ya hemos conquistado. Hemos alcanzado la mayoría de edad. Muy pronto os habituaréis a contar con nosotros.”
Reyes tiene razón. Ya no somos el pueblo mocoso que procuraba de una madre –que nunca necesitó- para poder subsistir. La idea calibanesca de Reyes, prestada de Rodó, quien a su vez la tomó intertextualmente de La Tempestad de Shakespeare, tiene aquí gran reminiscencia. Shakespeare plasma esta idea cuando Próspero reprende a Calibán diciéndole: —“Tengo compasión de ti. Me tomé la molestia de que supieses hablar”— mientras que Calibán balbucea, pero pronto le contesta: “Me has enseñado a hablar tu lengua, y el provecho que he sacado es el saber cómo maldecirte.”
Maldecir, decir lo contrario de lo que el usurpador quiere que piense y diga, es la esencia de la inteligencia y humanismo de América Latina que reclama el lugar que le corresponde en el mundo. Nosotros, habitantes del ahora -navío efímero- podemos y debemos contribuir a reivindicar la historia del opresor y la del oprimido. El laurel será sobre todo obra de aquellos para quienes la historia se amasa con el pan de nuestros días: nuestros niños, las futuras generaciones. Ellos lograrán el éxito definitivo de Latinoamérica verdadera y soberana restableciendo su unidad, su rica y variedad y diversidad, y esta vez, bajo el resplandor reluciente de una esperanza distinta, limpia de verdugos y cruces, sin armas, ni caudillos, ni locos en sillones presidenciales, ni aviones asesinos: “Hispanoamérica, Latinoamérica, como se prefiera”, escribió Mariátegui, “no encontrará su unidad en el orden burgués. Este orden nos divide, forzosamente, en pequeños nacionalismos. A Norteamérica sajona le toca coronar y cerrar la civilización capitalista. El porvenir de la América latina es socialista.”
Los latinoamericanos somos universales en nuestra peculiaridad: un extenso campo abierto donde las culturas se fusionan cada día más. Nuestro derecho y deber es el de seguir viviendo libres, no al margen, pero tampoco marginalizados: ser Prósperos y Calibanes al mismo tiempo.
La avenida de mi infancia sigue siendo la misma, polvorienta y bonita, al fondo está el mar, a la izquierda el bosque de abedules y pinos, a la diestra el morro que a veces oculta el sol, aunque ahora hay unos postes de alumbrado público, una que otra cabina telefónica, una que otra oveja furtiva que pastea por allí adrede para evocar la memoria, una nueva utopía que se esconde entre los cerros.
Carlos Antonio Pajuelo
Concordia University
16 de abril del 2004